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La verde pradera se extendía con placidez delante de nuestros ojos durante aquella sosegada sobremesa, provocando un remanso de tranquilidad a nuestro alrededor. La persona, que me acompañaba en un sombreado banco, me comentó la existencia de un curso de Empuje de Manos. Esta información me provocó un sobresalto inesperado que resquebrajó mi sosiego en aquella tarde. Se me amontonaron recuerdos, otras experiencias, escenas tensas y repletas de agresividad. Pensé que ese curso podría constituir un foco de tensiones para mi espíritu. Dos meses más tarde la “causalidad” quiso mostrarme un nuevo camino. Sucesivas carambolas desencadenaron lo insospechado y, de una forma inaudita, me encontraba en un curso de Empuje de Manos dirigido por Bertrand Hamel. A pesar de mis reticencias. En pocos minutos se fueron desvaneciendo mis prevenciones apriorísticas. Me había insertado, sin dificultad alguna, en la dinámica de la Energía Universal. Sorprendido fui descubriendo la esencia de los primeros pasos: La Estructura. Durante años he venido practicando baile, deportes y actividades de muy distinta naturaleza, pero nunca había escuchado una evidencia tan palpable: lo primero es reformar el cuerpo insuflándole una Estructura sobre la que poder desarrollar cualquier actividad. Al levantarme ese día había recordado, con inquietud, mi menisco, en otro tiempo lesionado y, con posterioridad, operado. Al empezar a andar, un antiguo dolor en la parte interna de la rodilla me había mostrado un nubarrón en aquella mañana soleada. A pesar de ello, me deleitaba observar que, a medida que realizaba una serie de movimientos, denominados “El Camino”, el dolor desaparecía y la rodilla se fortalecía. La armonía borraba cualquier rasgo que se hubiera podido producir de agresividad. La colaboración entre nosotros era una creación permanente para la complicidad y el aprendizaje. La conexión entre mi cuerpo y mi pensamiento, entre mis piernas y mi voluntad, entre mi energía y mi destino se unían de una forma armónica, espiritual, integral. La dinámica del curso abría una esperanza para detectar, descubrir, saborear las potencialidades de la energía. Trabajar con deleite para alcanzar un equilibrio gozoso y una iluminación clarividente de la vida. El proceso iniciado me encaminaba de una forma clara y diáfana en la senda de la energía. La energía: tan evidente y tan distante, tan conocida y tan ignorada, tan esperanzadora y tan desdeñada, se encontraba a lo largo del camino iniciado. La energía es el motor del mundo. La práctica del Empuje de Manos con Bertrand Hamel me traía la placidez de la verde pradera como en aquella tarde y me lleva al descubrimiento, la potencialidad y el gozo del tratamiento del macrocosmos energético. Sandro Sandrini (Alumno de Empuje de manos- 2º nivel de Bertrand HAMEL. Profesor de Tai Chi, estilo Xin Yi) Texto publicado en la Revista Verdemente n.51
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